Montevideo Inolvidable (2025, Alfredo Ghierra)

“Creo que nunca hasta ahora, había sido consciente de la presencia de la Plaza Matriz. Debo haberla cruzado mil veces, quizás maldije en otras tantas ocasiones el desvío que hay que hacer para rodear la fuente. La he visto antes, claro que la he visto, pero no me había detenido a observarla, a sentirla, a extraer su carácter y reconocerlo. Estuve un buen rato contemplando el alma agresivamente sólida del Cabildo, el rostro hipócritamente lavado de la Catedral, el desalentado cabeceo de los árboles. Creo que en ese momento se me afirmó definitivamente una convicción: soy de este sitio, de esta ciudad”

La tregua, Mario Benedetti

Estrenada el 20 de marzo, Montevideo Inolvidable es la película documental de Alfredo Ghierra, enmarcada dentro de su proyecto personal Ghierra Intendente, con el cual ya lleva quince años realizando exposiciones e iniciativas para iluminar una problemática que tiende a estar a la deriva: la preservación del patrimonio, puntualmente el montevideano. Ningún habitante de Montevideo es ajeno al crecimiento exponencial que se ha visto en los últimos años de edificios de amplio valor histórico y arquitectónico siendo destruidos para edificar en su lugar complejos de apartamentos. Uruguay está vertiéndose hacia una tendencia patrimonicida. ¿Qué entramados esconde este comportamiento? ¿Qué se puede hacer para frenarlo? ¿Qué valor debemos darle los montevideanos a nuestra historia? Aspectos como estos son algunos de los que profundiza a lo largo de los ochenta minutos de cinta en los que pasado, presente y futuro se encuentran constantemente en diálogo.

Ghierra asegura en el monólogo del comienzo que a Montevideo “no la cambia por nada”, y es justamente este amor incondicional, y por qué no cierto sentimiento de incomparabilidad, el que funciona como motor de su proyecto. “Las ciudades que no cambian se transforman en museos o en parques temáticos” ¿Es ese el futuro que los montevideanos deseamos para nuestra ciudad? Quizás para plantear esta pregunta primero se debería indagar en qué sensaciones tenemos los montevideanos sobre nuestra patria citadina. Para responder a esta interrogante Ghierra aborda a diversos docentes, historiadores, investigadores y arquitectos que brindan distintos testimonios respecto a la problemática de la preservación del patrimonio arquitectónico de la capital, convergiendo estos en que todos aman Montevideo, y que por ende quieren lo mejor para él.

Está bien, no todo tiempo pasado fue necesariamente mejor, ¿Pero eso significa que por ende hay que deshacernos de él? Al margen del factor económico ¿Cuál es el propósito de tratar de borrar el pasado? ¿Cómo afecta ese pasado a nuestra identidad? ¿Quiénes somos?

Se sabe, porque lo han hecho en otros países, que es posible compaginar los recuerdos arquitectónicos con la modernidad, y eso en parte es debido a que la memoria siempre es una cuestión del futuro, no del pasado. Creer que la preservación tiene solo relación con extrañar una época pasada (¿Cuál? ¿El 900, el Batllismo, el Mundial de 1930, la Suiza de América?) es negar que existe una comunicación continua entre lo que fue y lo que será. A lo largo del documental es planteada la idea de que se debería legislar que, si se quiere construir allí donde hay una edificación potencialmente patrimonial, se utilicen parte de sus materiales, o su fachada, permitiendo su reciclaje. Las faltas de respeto que se tienen hoy en día con el pasado arquitectónico parecen motivadas por una sensación por un lado, de un pensamiento de superioridad moderna, y por otro lado, de un cierto sentimiento de inmortalidad. Que nosotros ahora constituyamos el presente no significa que en unas décadas no vayamos a ser el mismo pasado para el futuro que el que nos representa a nosotros el Montevideo más ornamental.

Montevideo Inolvidable (2025, Alfredo Ghierra)

Se podría asumir, basándose en la poca relevancia que se le da al patrimonio arquitectónico montevideano, que ese desinterés por la memoria cultural es trasladable a otras áreas de la misma, pero sorprendentemente la respuesta es que en otros campos sí se preserva de forma más activa el legado. La música, las tradiciones, el arte plástico, sí conforman símbolos patrios en el imaginario público, lo que lleva implícita su conservación. ¿Por qué la arquitectura no? Por lo general cuando se piensa en patrimonio arquitectónico montevideano la primera idea que surge es la del Palacio Salvo, hermoso e histórico en partes iguales. Y si se habla sobre edificios relevantes en la arquitectura montevideana se imagina un Palacio Legislativo, algo de Bello y Reborati, el Hotel del Prado, o si se es más moderno el Panamericano o la torre Ciudadela en la Plaza Independencia. Resulta un error pensar que el testimonio arquitectónico son solo las edificaciones clásicas que ya se conocen. De hecho en la entrevista recientemente publicada en esta misma revista, Ghierra afirma “no quería volver a hacer hincapié en lo que siempre hacemos hincapié y quería hablar de cómo la gente en Montevideo vive el patrimonio sin necesidad de vivir en el Palacio Salvo”, pero aun así el foco sigue siendo la Ciudad Vieja, el Centro, y las zonas aledañas. Posiblemente sea una equivocación montevideana común el asociar que la memoria solo está en los lugares que más se mencionan en la currícula escolar. ¿Y los otros barrios? ¿El Prado por ejemplo? Todos los sitios de memoria arquitectónica deberían estar protegidos de la misma forma, y todos deberían ser considerados al tratar esta problemática. La visión del patrimonio como algo centralizado únicamente en ciertas ubicaciones de la capital, hace parecer al problema como una cuestión que solo involucra a aquellos cuyos barrios son típicamente partícipes.

En el año 1938 Lucas Ibarbourou compró un terreno sobre la Rambla Pocitos (Rambla República del Perú), con vistas al Río de la Plata. Allí depositó todos sus ahorros. Falleció cuatro años después, sin poder disfrutar de la casona que mandó a construir ahí, dejándola como propiedad a su mujer: Juana de Ibarbourou, Juana de América. La poetisa uruguaya la llamó Amphión. En la mitología griega Amphión se encargaba de la labor artística, musical e intelectual. Es ahí, frente al río, que escribe su autobiografía Chico Carlo (1944), Los sueños de Natacha (1945) y la obra de teatro Puck (1946). Antes de llegada la década de los 50s, debido a deudas tanto suyas como de su hijo Julio César, Juana se vio obligada a vender la casona en la que había encontrado su refugio e inspiración. Hoy en día en donde estaba su hogar se encuentra uno de los edificios más llamativos de la Rambla, el edificio Amphión. El “simpático” gesto de mantener el nombre de la casa de la escritora y poetisa es el único homenaje que se mantiene en pie, porque de la edificación ya no queda nada desde 1990. En su lugar se erige un edificio cuyos balcones ondulados imitan las olas del mar. De Juana, de la historia uruguaya, de la poesía que allí se gestó, no queda nada. Ejemplos como este ilustran cómo el problema de la preservación del patrimonio no se agota únicamente en los barrios aledaños al casco histórico. A su vez, situaciones como la recién expuesta, ponen de manifiesto la forma en la que la no conservación no solo pasa por alto la cuestión del valor arquitectónico, sino que también aquel que es relevante culturalmente. Si no se cuida la casa de la poeta más importante del Uruguay, allí donde escribió alguna de sus obras fundamentales ¿Por qué se debería velar por la salud de edificaciones que no guardan ningún tipo de hito de este estilo?

Este tipo de razonamientos solo guían a considerar que si no se ha tenido respeto por la memoria cultural y literaria del país, demoliendo una de sus sedes, poco sentido tiene 35 años después querer frenar el proceso de degeneración urbanística. El tren de pensamiento debería ser el opuesto, que antes se haya pasado por alto la huella de ciertas edificaciones no significa que se deba en la actualidad continuar con ese legado de desprendimiento de la propia identidad.

El Palacio Salvo, que podría afirmarse que es el emblema del patrimonio histórico y arquitectónico de la ciudad, y cuya preservación sea posiblemente el único punto en el que todo el mundo esté de acuerdo, también involucra un detrás de escena problematizante a nivel de conservación histórica. Donde hoy se levanta el edificio, hace 108 años, Gerardo Matos Rodríguez compuso el tango más famoso del mundo y de la historia: La cumparsita. La composición se dio en el café/bar La Giralda, que estaba en la esquina que ahora corona el monstruo folclórico, como lo llama Benedetti. La destrucción de La Giralda también tuvo como motivos la modernización de la ciudad y la presión del mercado inmobiliario, que le veía más rédito económico a una edificación donde pudieran vivir varias personas antes que a un café. ¿Cómo desestabiliza a nuestra concepción del patrimonio, y de su preservación, el saber que una de sus insignias surge como resultado del proceso que actualmente se quiere frenar?

Una interesante idea que plantea el documental es la de la memoria personal y colectiva como dos factores que van unidos, como si no se pudiera pensar la una sin la otra. Respecto a este tema, aunque quizás haya sido una decisión arriesgada (en propias palabras del director), los diálogos de Ghierra con su madre ilustran muy bien la cuestión. Los espacios de los que se hablan en el film son la escenografía de la vida de los montevideanos comunes y corrientes, no son solo edificaciones que albergan historias particulares propias, son también parte composicional de lo que nos hace ser quienes somos. Existe una percepción generalizada, quizás inspirada por algunos de los autores nacionales, de que los uruguayos (y a lo mejor sobre todo los montevideanos) somos nostálgicos, pero esta idea se contradice con que se pasen por alto, y se aprueben, proyectos inmobiliarios que atentan contra los recuerdos melancólicos de la ciudad. ¿Nostalgia selectiva? Otro aspecto sumamente interesante que es mencionado es el de que no se hereda todo lo que se quiere, y tampoco se quiere todo lo que se hereda. Si no se valora lo que se tiene ¿Por qué se piensa que sí se tomaría en consideración algo abstracto, que no se tiene ni se tendrá nunca?

No solo interceden los intereses económicos, sino que también los políticos. Si se observa la historia reciente se tiene la demolición del Conventillo Mediomundo (Barrio Sur) en 1978 por el último gobierno de facto. Sí, es cierto que si se lo pone al lado de una casona del 900 ubicada en Ciudad Vieja quizás a nivel de belleza se prefiera la segunda, pero ¿El patrimonio es solo una cuestión estética? Así y todo, la preservación del recuerdo debería ser una problemática que trascienda fronteras ideológicas, porque no refiere a política partidaria, sino que a un legado que ha sido testigo de los eventos que forjaron la ciudad y por qué no la identidad. ¿Dónde quedan los rostros de aquellos que caminaron estas calles décadas atrás? Esa es otra de las interrogantes retóricas que se plantea Ghierra en voz en off mientras se muestran videos en blanco y negro de ese Montevideo añorable de las vacas gordas y las edificaciones de influencia europea.

El Uruguay más entrañable es aquel del optimismo, del florecimiento de los aspectos que hasta el día de hoy componen las células identitarias que nos hacen inflar el pecho de orgullo, y lamentablemente, en lo que respecta a la arquitectura, se suele apuntar a aquello de corte más europeo. El sesgo eurocentrista también lleva a que se pondere más lo que podría ser trasladable a cualquier ciudad del hemisferio norte antes que lo que tiene características mucho más propias ¿Por qué cuesta tanto separarse de la idea de que “venimos de los barcos”? El énfasis en los edificios y casonas que trata el documental está enfocado en aquellos más de corte europeo, cuando la cuestión dista de reducirse solo a lo que deviene en el 900 en nuestro imaginario. Montevideo, y su memoria, no termina en sus fachadas símil primermundistas.

Montevideo Inolvidable (2025, Alfredo Ghierra)

Explica Magdalena Martínez en el diario El País “entre 2017 y 2018 se demolieron, solo en la capital, 21 edificios de valor histórico, según el censo de la ONG Basta de Demoler Montevideo”. Mientras Uruguay vira hacia un comportamiento asesino del patrimonio, organismos internacionales como la UNESCO han otorgado la distinción de patrimonio material e inmaterial de la humanidad a diversos lugares, y aspectos, del país. Este fenómeno de apreciación “desde el afuera” no es difícil de entender a nivel abstracto, aunque sí una vez que se lo baja a tierra. ¿Cómo puede ser que los propios ciudadanos vayan tan a contracorriente, destruyendo la vida de su ciudad, de las valoraciones que se hacen desde el afuera? Es cierto que la cuestión de que se valore mucho más el patrimonio arquitectónico, y la preservación de su memoria, en el extranjero no es una situación ajena, porque el turismo a los principales sitios de Europa (principalmente), por ejemplo, tiene como propósito el aprecio de estos factores. “Mirá qué lindo cómo todavía mantienen la casa de Miguel de Cervantes/pueblos medievales/catedrales góticas/incluso el adoquinado de sus zonas viejas”. Lo que se valora afuera cuesta vislumbrarlo dentro. ¿Será un complejo de inferioridad? ¿La educación eurocentrista que pone el ojo y el valor siempre en el exterior, en el hemisferio norte del mapa?

Si a los propios montevideanos no les importa su pasado ¿A quién le va a importar? El primer paso está en la población, porque incluso aunque las autoridades tomen partido en el cuidado de las edificaciones, si los capitalinos no sentimos ningún tipo de vinculación con esta problemática (y su gravedad) el tópico parece puramente burocrático. ¿Quiénes vivían en esas casas que se han destruido para construir apartamentos? ¿Qué historias guardaban esas paredes? Esta cuestión trasciende fronteras laborales o formativas, no es solo menester de los “intelectuales” el preocuparse por el legado, sino que el de todos los montevideanos. El abordaje únicamente desde la perspectiva de aquellos más informados en cuestiones históricas o arquitectónicas deja de lado el qué pasa con los montevideanos que no son figura de autoridad en ninguna de esas áreas. Aquellos que tienen como cualidad calificativa únicamente el pertenecer a este lugar. Posiblemente esta ausencia de testimonios “mundanos” sea una de las principales faltas del documental. La ciudadanía tiene que estar involucrada en su apreciación y preservación.

Hay un problema que persiste aunque la intención del documental sea concientizar sobre este tópico: Aquellos que miraron, y mirarán, el film, son, en su gran mayoría y al menos como acercamiento inicial, quienes más se ven interpelados e interesados por la temática. Pero ¿Qué pasa con el resto? ¿Cómo se puede lograr de una forma efectiva alcanzar al público que no es consciente, o lo es y no le conmueve, de esta cuestión tan vigente? No son preguntas fáciles de responder, pero eso no exime que la audiencia a la que va dirigido el documental sea indirectamente aquella conformada por los que ya tienen una base de interés en el tópico.

El ejercicio que se puede extraer del documental es el de preguntarse qué ciudad se quiere y para qué se la quiere. Si se busca una ciudad sin memoria, una ciudad olvidable  y olvidada, el camino que se está tomando actualmente respecto a la preservación será fructífero. Si ese es el destino que se busca para la capital, sería óptimo dar rienda suelta a las fantasías inmobiliarias a las que se les hace agua a la boca borrar toda edificación que no sea rentable para hacinar a cuanta más gente posible en el menor espacio viable (así hay lugar para construir más, y hacer la misma opereta). Por otro lado, si lo que se desea es tener presente el pasado, crear un Montevideo Inolvidable, la actitud tiene que ser proactiva. Luchar por más reglamentación es una responsabilidad colectiva, integradora, y que imperativamente compete a todo aquel que habite la ciudad. El film de Ghierra es un buen punto de partida para que el problema empiece a estar más sobre la mesa de uruguayos que quizás no encontraban en este fenómeno una desventaja más allá del hecho de que la demolición de edificios causa contaminación sonora.

La conclusión más importante que tiene que extraer el montevideano promedio al terminar el documental es lo que bien ya expresó Mario Benedetti en La tregua: “creo que en ese momento se me afirmó definitivamente una convicción: soy de este sitio, de esta ciudad”. Una vez que se da ese paso la preocupación por la vida, la memoria, y la personalidad de Montevideo pasan a un primer plano. Quizás la mejor forma de ilustrar el sentimiento que debe evocar, además de con la cita de Benedetti (montevideano de pura cepa) es a través de lo que afirma la madre de Ghierra, Ana María Goyén: “Me emociona. Debo ser tonta, pero cuando el avión viene despacito bajando, y vos ves las casitas todas chiquitas, y todo tan querido… es lindo viajar, pero también me gusta llegar acá”.

Para hacer posible más artículos como este, apoyá nuestro proyecto. ¡SUSCRIBITE!